Nació
en Buenos Aires el 4 de octubre de 1915. Su padre,
Rafael Bullrich, hijo de alemanes y educado en París,
fue el fundador de la cardiología argentina,
decano de la Facultad de Medicina de la UBA, amante
de la cultura francesa y coleccionista de obras de
arte. Su madre, María Meyrelles, era hija del
embajador de Portugal en Argentina.
Tuvo libre
acceso a la biblioteca de su padre y desde niña
manifestó su amor por las letras. No obstante,
la mujer de clase alta no solía recibir, por
aquel entonces, una severa formación que la
proveyera de herramientas para una vida de automanutención.
Debido a ello, Silvina debió abandonar sus
estudios en el colegio Onésimo Leguizamón,
luego de la fase elemental. Curiosamente y, por otra
parte, continuó asistiendo a las lecciones
de la Alliance Francaise, llegando a obtener
un diploma en formación humanística
en aquella lengua.
Debido a la fascinación provocada por la lectura de Zolá, Balzac, Flaubert, Corneille, Racine y los grandes autores frenceses, operó en la joven una notable paradoja que marcó las primeras décadas del siglo XX en la clase alta de nuestro país: llegó a identificar a la cultura gala como propia y a desconocer la riqueza de las letras argentinas.
Silvina comenzó a escribir en su adolescencia y logró publicar algunos de sus poemas en la revista Atlántida . Desde entonces entabló una gran amistad con Manuel Mujica Láinez a quien se conocía en el círculo literario como "Manucho" y quien tiempo después la puso en contacto con Borges, Bioy Casares, Estela Canto y los grandes de la generación anterior.
Silvina Bullrich contrajo matrimonio muy joven y tuvo un hijo. No obstante, la convivencia resultó imposible y la relación concluyó, encontrándose Silvina en la obligación de autosolventarse y de mantener a la criatura en soledad. La escritura pasó a ser, de tal modo, no solo una necesidad creativa sino también una posibilidad, la única, de ganar dinero. Muerto su padre, la tragedia envolvió a la familia. Una a una, sus hermanas y su madre (quien había empeñado y desempeñado más de una vez una de sus joyas para que Silvina publicara sus primeros libros) fueron desapareciendo.
A pesar del éxito arrollador de sus novelas y cuentos, que en su momento fueron auténticos best sellers, la vida de la autora transcurría entre la redacción de sus obras, los viajes continuos a congresos y presentaciones y las breves temporadas en un pequeño campo que adquirió a fuerza del ahorro. En reiteradas ocasiones París se convirtió en un refugio del cual, no obstante, era cada vez más necesario retornar. Los viajes le proveyeron material para sus escritos.
Las experiencias trágicas y la toma de conciencia de su propia argentinidad maduraron en Silvina su necesidad literaria. Abandonó por completo los temas "femeninos" y "pasatistas" (la incomunicación en el matrimonio, la postergación de la mujer, la traición amorosa, el enamoramiento, las diferencias generacionales entre madres e hijas, etc) y se abocó a desmadejar las entrañas identitarias del país, que ya no era aquel émulo de la civilización europea sino que se había convertido en el espacio periférico de las dictaduras y los avatares latinoamericanos. Silvina Bullrich comenzó a vivir su identidad argentina a partir del despojamiento (rasgo, al parecer, tan propiamente argentino, hoy más que nunca) y a partir de ella, su actividad literaria se redefinió como una necesidad espiritual, como una realización de su propia condición de rioplatense.
Los Burgueses es la primera
novela de la trilogía "sociopolítica".
En ella se advierte la influencia formal del "Nouveau
Roman" que proveyó a Silvina la traducción
de algunas obras de la escritora contemporánea
Natalie Sarraute. La trilogía se completa
con "Los Salvadores de la Patria " y "Los
Monstruos Sagrados". Las tres obras pretenden
dar cuenta de los tres pilares corrompidos sobre
los que se sostiene la sociedad argentina de los
años ´50 y ´60: la oligarquía,
el parlamento, los intelectuales. Silvina no perdona
a su propia clase social el haberse prostituído
en pos de un vano bienestar material y a costa del
país. Los Burgueses, cuya estructura
de monólogo interior y de observación
polifónica sorprende al lector "bullrichtiano"
denuncia la devaluación cultural y social
que ha sobrevenido a la clase terrateniente y hegemónica
debido a su ambición, su hipocresía
y su desidentidad.
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