Cuando nuestra América lucha, lucha por su identidad
Roberto Hernández Montoya
Desde luego que también lucha por los principios generales de las luchas sociales: libertad, derechos laborales, etc., pero lo que distingue a América de los demás continentes o grupos históricos humanos es su batallar constante por localizar su identidad, por descubrirse a sí misma. Son luchas, pues, en que se nos va la vida, pero no solo física, sino ontológica, es decir, identidad o muerte. Siempre fue así, desde las rebeliones de Túpac Amaru y del Negro Miguel. Y ya en cada cumbe de los esclavos había una incursión por la identificación de lo que somos. Tengo la impresión de que no hay ningún otro pueblo o grupo humano con características semejantes.
Ya Francisco de Miranda, uno de los mayores inventores de América, comenzó su lucha definiendo un proyecto de continente, de mundo, de nación. No solo se afanaba en los esfuerzos militares, sino en la labor intelectual de inventar un nuevo mundo. Aunque no se trataba solo de inventar, más bien deberíamos decir colegir un continente a partir de los resortes históricos que vivían en él, desde la distancia de miles de años de construcción, porque América, como sabemos, no comenzó con Cristóbal Colón, sino muchos miles de años antes. Su identidad vino precisamente a ser perturbada por la tragedia de la invasión europea, que nos hace decir a menudo que fuimos agredidos por ellos, cuando que somos descendientes tanto de Moctezuma como de los que mataron a Moctezuma.
Simón Bolívar también luchaba y pensaba al mismo tiempo. Fue él quien nos definió como un «pequeño género humano», con sus características y condiciones particulares. Lo hizo en un documento que aún hoy nos sorprende, conocido como Carta de Jamaica . Hace unos días, en estas mismas salas, el bolivariano italiano Antonio Scocozza se preguntaba cuáles serían las fuentes en que se basó Bolívar para penetrar de modo tan lúcido en la naturaleza de este continente. Pasa con estos personajes que se ubican en las articulaciones básicas el continente y por eso son capaces de vivir dentro de su grandeza, por eso se nos vuelven «animales de galaxia».
También José Martí nos bautizó como «nuestra América» en un artículo fundacional de ese mismo nombre. Fueron ideas armadas y armas con ideas las que elevaron nuestros libertadores, que también fueron fundadores, en épocas en que la condición civil no se distinguía radicalmente de la condición militar, como comienza a ocurrir ahora en Venezuela.
Así, Rómulo Gallegos, víctima de la corrupción que sufrió la profesión militar en nuestro continente, puesta al servicio del Imperio y de las oligarquías, meditó también sobre nuestra América, en una vasta enciclopedia del continente, que comenzó en Venezuela y concluyó en México, una de sus patrias, porque los venezolanos llevamos siempre a México como parte del equipaje del corazón. Rómulo Gallegos también fue hombre de acción, pero no como opuesto a hombre de pensamiento, sino que era hombre de acción porque era hombre de pensamiento y era hombre de pensamiento porque era hombre de acción.
Nuestros héroes pelean pensando y piensan peleando. Aún hoy los vemos en esos afanes y ya el tiempo distinguirá entre los que merezcan la admiración y los que merezcan el desprecio de nuestros pueblos.
«Estudiar y luchar» era la consigna de la Federación de Estudiantes Universitarios de la Universidad Central de Venezuela cuando yo estudiaba allí. Era el resumen de esto que vengo diciendo, que ha estado presente en los héroes que he mencionado y en casi todo otro héroe de nuestra historia americana.
Estamos premiando hoy una novela de ferrocarriles, esos aparatos en que por alguna razón, que tal vez nos aclare el sicoanálisis, siempre están vinculados en la ficción con situaciones dramáticas, despedidas, separaciones, conflictos, huidas, pérdida, llegadas. Pero los trenes también sirven para hacer revoluciones, como la Mexicana. Y las revoluciones también hacen trenes, como los que estamos haciendo proliferar por todo el territorio los venezolanos de este tiempo, luego de que el Imperio deliberadamente los destruyó o los dejó perder.
Elena Poniatowska ha sido uno de esos luchadores pensantes de nuestra América. Apenas llegó, cuenta la prensa de hoy, doña Elena preguntó si en Venezuela la mujer está oprimida. Yo respondo: ¿Dónde no lo está? Pero añado: es las mujeres las que en Venezuela, en cualquiera de los bandos políticos que se enfrentan, están conduciendo la liberación de todos, porque han entendido que mientras haya un solo ser humano pisoteado, todos permaneceremos pisoteados.
No estoy entre los que piensan que algún día mítico seremos felices cuando hayamos alcanzado algún Nirvana social. Pienso más bien que luchar por esa liberación, como hacen Elena Poniatowska y tantos otros en este pasado y en este presente de nuestra América, es una de las formas más bellas de la felicidad.