Discurso del ganador de la V Edición del Premio
Internacional de Ensayo “Mariano Picón Salas”

Caracas, 20 de octubre, 2011

Roberto Méndez Martínez


Cuando me comunicaron que había obtenido el Premio Internacional de Ensayo “Mariano Picón Salas”, después de esa mezcla de júbilo y estupor que nos invade en tales casos, vino a mi memoria una frase de José Lezama Lima, colocada en su ensayo “A partir de la poesía”: “lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un potens, que es lo posible en la infinidad”. Y colocar su nombre junto al del merideño universal que identifica a este certamen, me despertó las más sutiles resonancias.
El autor de Viaje al amanecer fue uno de los intelectuales americanos que descubrió la clave vital que a la vez se mostraba y se ocultaba en nuestro arte colonial, muy particularmente en esa franja de él que ha dado en llamarse barroca:
 
El período barroco fue uno de los elementos más prolongadamente arraigados en la tradición de nuestra cultura. A pesar de casi dos siglos de enciclopedismo y de crítica moderna, los hispanoamericanos no nos evadimos enteramente aún del laberinto barroco. Pesa en nuestra sensibilidad estética y en muchas formas complicadas de psicología colectiva.
No es arriesgado afirmar que sus reflexiones, volcadas en una de las prosas más hermosas de la pasada centuria, influyeron en el cubano Alejo Carpentier – por tantos años establecido en Venezuela- y nutrieron lo mejor de su obra, desde los ensayos que componen Tientos y diferencias hasta esa pequeña joya narrativa que es la novela Concierto barroco. Ambos, a su vez, pesaron sobre ese autor tan singular que es Lezama, cuando, dentro de su ciclo de conferencias La expresión americana, sitúa su definición del barroco americano, distinto del europeo, estilo pleno que alienta en las adquisiciones de la vida cotidiana desde el lenguaje hasta el mobiliario de la casa, desde las comidas hasta la plegaria, “que exhalan un vivir completo, refinado y misterioso, teocrático y ensimismado, errante en la forma y arraigadísimo en sus esencias.”
Yo reuniría a Picón, Carpentier y Lezama, bajo el rubro de “escritores de la inquietud”, porque su obra está signada por el desasosiego de descubrir un Continente, una historia, una tradición y descifrarlos sin la rémora de los mitos liberales y las manías positivistas, con un regreso al asombro poético y una conciencia de la otredad que sólo puede darse en los que tienen una auténtica formación universal. Los dos cubanos podrían suscribir también la afirmación del venezolano: "Un desconocido mundo americano lleno de contradictorias y alucinantes esencias estaba golpeando en mi sensibilidad de escritor."
El pasado año, en medio de las muchísimas tareas que me impuso la celebración del centenario del natalicio de Lezama, me dediqué a honrarlo secretamente con un libro, titulado El tiempo dorado por el Nilo. No quise conformarme con hacer lo mismo que otros autores: analizar sus textos literarios y procurar desentrañar su recto sentido. Intenté encontrar las principales fuentes filosóficas y mitológicas de las que se nutrió, buscar aquellos elementos biográficos de su juventud que lo inclinaron a una especial misión literaria y así mismo, me acerqué a aristas poco frecuentadas de su quehacer, como la crítica de artes plásticas y sus textos sobre danza. Por otra parte, sin sacrificar el rigor investigativo, mantuve un tono literario en el texto, una fuerte carga de subjetividad, con la que contribuyen recuerdos personales, confesiones y hasta algún poema. No rehuí las posibilidades de la poscrítica y eso me ayudó a forjar un cuaderno que considero muy personal porque no pretende ser un texto académico, sino más bien un testimonio, la declaración de un fervor traducida en sucesivas lecturas que quizá puedan ayudar a otros a entrar en este orbe singular, en este Sistema Poético, que varias décadas después de conformado sigue mostrando una particular vitalidad.
Quiero agradecer al Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, no sólo ese lauro que en lo particular me honra y me permite visitar de nuevo esta tierra que tanto aprecio y compartir hoy con ustedes, sino la oportunidad de dar a conocer, en un marco mucho más amplio, la obra de uno de los grandes escritores de América, muchas veces echada a un lado por ignorada, o leída apresuradamente.
El único modo de ser hoy auténticos y originales, la única manera de buscar a los problemas de nuestras tierras soluciones que no nos vengan impuestas, pasa por sabernos herederos de Bello y de Martí, de Picón y Carpentier. A resistirnos a las corrientes contemporáneas de disolución cultural nos invita Lezama en su poema “Resistencia”. Con sus últimas líneas, gallardas y desafiantes, quiero concluir mis palabras:

 
No caigamos en lo del paraíso recobrado, que venimos de una resistencia, que los hombres que venían apretujados en un barco que caminaba dentro de una resistencia, pudieron ver un ramo de fuego que caía en el mar porque sentían la historia de muchos en una sola visión. Son las épocas de salvación y su signo es una fogosa resistencia.