Discurso en ocasión de la entrega del XVI Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos a William Ospina por su novela El país de la canela .
Caracas, 2 de agosto de 2009
Uno de los ejercicios más difíciles es evitar sentir rabia ante la barbarie. ¿Cómo ser científico ante el exterminio de decenas de millones de seres humanos en tan pocos años? ¿Cómo ser imparcial ante la demolición en pocas horas de la ciudad Cusco que, según las descripciones, desbordaba caudalosamente el calificativo de maravillosa?
Descendemos de Guaicaipuro y de los que mataron a Guaicaipuro. Es duro descender de una tragedia. Pero peor que la tragedia es ignorar la tragedia. Hay que asumirla de frente, dialécticamente, con la tenaz franqueza con que debemos asumir la muerte o la dolencia. Disimular la tragedia es correr el riesgo de repetirla como comedia, como enseñó Karl Marx.
Pero asumir la tragedia no nos autoriza a buscar culpables donde no están. Una vez un mexicano reclamó a don Ramón del Valle Inclán que los abuelos de este habían asesinado a Montezuma. Don Ramón le respondió:
—Han de haber sido los suyos, porque los míos se han quedado en Galicia.
No debemos comportarnos como el tonto aquel del chiste, que agredió a un español apenas se enteró de la tragedia. Porque no es cuestión de nacionalidad, ni todo alemán es nazi ni todo judío sionista. Pero, con todo el respeto, no me parece recomendable pensar como Jorge Luis Borges, que la tragedia de América es igual a la que enfrentó a romanos y cartagineses. Primero porque no guarda proporciones, al menos en cantidad de gente sacrificada, aunque sí en cuanto a destrucción de una nación. En segundo lugar porque el proceso aún no ha terminado. Solo ha tomado otras formas, golpes de Estado, invasiones, exterminio de la más grande biodiversidad del planeta, latifundio —mediático y del otro—, sicariato, paramilitares, bases imperiales y otros trastornos de homo demens, como Edgar Morin nos llama a los humanos. Son otras formas para el mismo fin. ¿Cuál fin?
He aquí un buen punto de partida para serenarnos y enfocar la tragedia por su flanco tal vez más inteligible. No solo fue que simplemente unos forajidos asaltaron un continente y destruyeron sus civilizaciones. Eso ocurrió, claro. Pero ¿por qué? Nos interesan, pues, por igual, los motivos y los resultados.
Una vez, conversando sobre este tema recurrente en la Plaza España de Santo Domingo, caí en cuenta súbita de que lo que hoy llamamos globalización nació precisamente en ese mero lugar, tal vez en la mesa misma en que me hallaba conversando amablemente. Allí precisamente, donde comienza la acción de El país de la canela, la novela que hoy premiamos con tanto placer y tanto honor.
El marxismo habla de acumulación originaria, primitiva o primigenia ( ursprüngliche Akkumulation ), cuando los medios de producción quedaron en manos de una minoría estructurada, con conciencia de sí misma. Así lo describió Marx en el capítulo 31 de El capital :
El descubrimiento de oro y plata en América, la extirpación, esclavización y tapiamiento en minas de la población indígena de ese continente, los comienzos de la conquista y saqueo de la India y la conversión del África en un coto para la cacería comercial de pieles negras, caracterizan la aurora de la producción capitalista. Esos procesos idílicos son los momentos principales de la acumulación primigenia.
Esta minoría desarrolló una ideología formidable, basada en el propio Adam Smith, que Marx resume así en el capítulo 24 de El capital :
Esta acumulación originaria desempeña en economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se posesionó del género humano. Se nos explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una élite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa (que aún hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender salvo sus propios personas) y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo.
Es así como suele pensar la élite en este mundo globalizado y como seguramente ha pensado a través de la historia. Es el mito complementario que concibe a aquellos conquistadores como simples malvados por naturaleza. Podemos encontrar ambos mitos por todas partes, en cualquier momento, sin necesidad de aguzar mucho el oído. Así como los dominantes son representados como malvados «naturales», los pobres no solo son vistos como holgazanes, sino «feos, sucios y malos», según la fórmula consagrada en la película inolvidable de: Brutti, sporchi e cattivi (1976) . Así discurrieron y discurren todavía sobre los indios los conquistadores y sus descendientes históricos. Incluso llegaron a pensar que no tenían alma, hasta que el Papa dijo que sí tenían, modo de declarar: «¡Esos indios son míos!». Muchos oligarcas piensan aún que indio no es gente, cuando lo cazan desde sus avionetas, por ejemplo, por diversión o para quitarle las tierras, generalmente ambas cosas. De no tener humanidad a la comodidad del exterminio no hay sino un paso. Es decir, apenas dejan de ser útiles, los explotados se vuelven desechables, como se ha visto en diversas ocasiones, como leemos atónitos en El país de la canela .
No se trata, sin embargo, del mismo exterminio de judíos en la Segunda Guerra Mundial. No es la ocasión para detenerse en la consideración pormenorizada de esa otra tragedia, igualmente dolorosa, pero creo que bastará decir que en lo que hoy llamamos América los conquistadores no se propusieron extinguir la totalidad de la población indígena, sino apartar a los que se opusieron tenazmente a la dominación y a la consiguiente explotación y a los que sobraban para las tareas pendientes. Era una población talla única, pues se exterminaba a los que sobraban y se importaba a los que hacían falta.
Pero esta otra población esclava africana fue sometida a un trato tan atroz que hacía que cada tanto hubiese que comprar relevo, pues se moría en masa. Tan extremada fue aquella esclavitud que aún resuena en ese eco repugnante que es el racismo. El exterminio nazi de judíos procedió al revés: comenzó con el racismo, pasó por los pogromos y terminó en Auschwitz.
Los conquistadores del siglo XVI no tuvieron que negociar con los conquistados, como hicieron los romanos. Estos tenían que regatear, porque los colonizados tenían un poderío militar comparable al romano, de modo que el Imperio acordaba pactos de no agresión y de mutuo auxilio ante enemigos comunes. De resto el colonizado podía conservar sus dioses y su organización social. Pero en lo que hoy llamamos América los conquistadores no tuvieron que negociar nada, pues tenían
Armas infinitamente más mortíferas que la macana y la flecha indígenas, amén de un arte militar ejercitado en Roma y enriquecido en las mil guerras medievales.
Embarcaciones intercontinentales, metales y caballos.
Una religión que se había alimentado en la dialéctica griega y los misterios egipcios, así como en la tradición ético-salvadora judía y que había servido a sus feligreses para quemarse mutuamente durante 1500 años —por amor, se entiende.
Una visión global del mundo, que más nadie tenía y, por último,
El arsenal intelectual del Renacimiento, que a su vez se alimentó recursivamente del hallazgo de América.
¿Cómo logra uno perder la sensibilidad como para acometer semejantes matanzas masivas? Entra en esto a funcionar lo que Ludovico Silva, basado en Marx, llamó la plusvalía ideológica, es decir, la representación oportuna y congruentemente invertida de la realidad, para justificar cualquier tropelía que nos convenga ( La plusvalía ideológica , Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1970). Por eso Marx hablaba de la camera obscura , que invertía la realidad que reflejaba. Mijaíl Bajtin añadió a la metáfora del reflejo la de la refracción: el lenguaje, decía Bajtin, refleja y refracta la realidad ( El signo ideológico y la filosofía del lenguaje, Buenos Aires: Nueva Visión, 1976). Por ese camino acrítico llega un punto en que cualquiera de nosotros puede devenir exterminador —ángel o no—, torturador, golpista o burócrata intelectual de la ultraderecha racista y genocida.
Todo esto es la consecuencia de la aparición no ya de la ciudad-Estado o de la nación-Estado, sino del planeta-Estado. No había otro modo de incorporar a la economía-globo a una población estructurada en imperios como el azteca o el inca, ya consolidados desde hacía varias eras históricas. Aunque esos imperios fueron infinitamente más simples de someter que la miríada de comunidades levantiscas de territorios periféricos, como el venezolano, por ejemplo, que tomó mucho más tiempo y mucho más esfuerzo histórico y con el que ni aztecas ni incas alcanzaron o simplemente no pudieron de tan rebeldes que fueron Anacaona y Guaicaipuro, para solo citar a dos de los más valientes.
Sorprende así cómo ese capitalismo primitivo arrasó con su simplismo ideológico estructuras civilizatorias tan refinadas, cuya riqueza no completamente perdida, hoy recreada día a día, admiraremos y gozaremos para siempre en nosotros mismos, sus descendientes y albaceas para beneficio de la humanidad entera.
Devastación es la palabra. En nombre de una democracia que jamás ha respetado y de una civilización que tampoco ha honrado, el imperialismo que entonces nació y aún vive destruye precisamente una de las cunas de esa civilización, la Biblioteca de Bagdad, sin ir más lejos en el tiempo, junto con los descendientes de los que compusieron el primer ejemplar de Las mil y una noches o las miles de tablillas sumerias que no habían sido descifradas aún. Tal vez subsistan por allí en alguna colección privada, dispersadas, desestructuradas, inaccesibles para la humanidad que tiene derecho a ellas. Ojalá no hayan ordenado su destrucción.
¿Qué fuerzas se oponen a las de esta tragedia? Fuerzas revolucionarias, hondamente heterogéneas , que presentan dificultades enormes para afianzarse en sí mismas antes de enfrentar la barbarie civilizatoria (no es por un simple gusto por la paradoja que uso esta extraña fórmula de barbarie civilizatoria , sino por el recuerdo de que Theodor Adorno señaló que toda civilización comporta un fondo de barbarie). Esas fuerzas revolucionarias que se proponen enfrentar la poderosa cohesión de la burguesía tienen que comenzar por encarar su propia incoherencia. Me refiero al revolucionario que no logra vencer en sí mismo la ideología que combate. Es una lucha mucho más esencial y formidable que enfrentar al Otro, porque si no es fácil es al menos simple luchar contra el burgués rechoncho pero sin lograr vencer mi propia codicia. Es simple porque permite ver la paja en el ojo ajeno y ocultar la viga en el propio. Como se ve, no es una lucha imposible, pero sí radical.
Desde Cien años de soledad no me sedujo tanto una novela como lo hizo El país de la canela . Emula ella lo que el mismo William Ospina nos enseñó a admirar en Las elegías de los varones ilustres de Indias , de Juan de Castellanos, en su obra magistral Auroras de sangre : que la poesía no solo no estorba la narración, sino que la constituye poderosamente. El género épico lo consiente y es que, me parece, El país de la canela es un poema épico de esa aurora de sangre que fue nuestro nacimiento como continente.
Los hechos que refiere son de una magnitud desmesurada, como solo puede serlo recorrer el Amazonas con aquellas naves precarias, improvisadas en una selva no solo desconocida sino descomedida para aquellos europeos de campiña amena y bosque bucólico que cantaron en églogas los pastores Salicio y Nemoroso. Porque así como estamos autorizados a vituperar a aquellos patibularios, también estamos obligados a admirar la magnitud de su obstinación y de su energía histórica. Me pregunto cuántas personas osan hoy atravesar, completo, el río Amazonas desde antes de que se llame Amazonas. Aquellos varones —porque fue empresa varonil casi exclusivamente, al menos en su fase humanamente menos presentable— atravesaron aquella desproporción de territorio en que, como en Macondo, las cosas no tenían nombre aún y había que señalarlas con el dedo.
Hasta tal punto fue masculina aquella empresa que las únicas mujeres que figuran en ella son precisamente las Amazonas, mujeres míticas tan viriles como desmesuradas, que aquellos varones, tal vez no tan ilustres y sin mujeres, deliraron en su paso por el río descomunal, tanto que a veces dudamos que sea realmente un río. Hubo otra mujer desmesurada en su complejidad: La Malinche. A la aguerrida Anacaona la terminaron asesinando a tración. ¡Cómo ha sido difícil reincorporar a la mujer a esta historia que estamos construyendo, enfrentando aquella exclusión radical de su presencia! El machismo es otro eco repugnante de esa aurora de sangre.
El país de la canela es un viaje épico hacia el fondo no solo de este continente, sino hacia nosotros mismos como actores de una tragedia que aún no termina, pero que está en nuestras mentes y manos dejar atrás para siempre, apenas logremos conjurar dentro de nosotros mismos los demonios que heredamos de esa aurora de sangre.